The Standard Curve

Pensamiento estratégico sobre diagnóstico in vitro — calibrando la conversación entre Oriente y Occidente, desde la trinchera mexicana.

Ensayo

La prueba que no se hizo

Los reportes de market sizing miden lo que se factura. El número que importa más es el de lo que debió pedirse y no se pidió — y la brecha es estructural, no geográfica.

Por Ernesto Rodríguez Soto·5 de julio de 2026·6 min de lectura

Cada año o así, una consultora publica el tamaño del mercado de diagnóstico in-vitro en México. El número aterriza en bandejas de entrada, se cuela en presentaciones de inversionistas, se cita en juntas de estrategia. Miles de millones de dólares, una tasa de crecimiento respetable, un desglose limpio por segmento — química clínica, inmunoensayo, hematología, molecular. Es un número útil. También es el equivocado.

El market sizing mide lo que se facturó. No mide lo que se necesitaba. La distancia entre esas dos cifras — las pruebas que las guías recomiendan, que la situación clínica exigía, que la plataforma estaba diseñada para correr, y que nunca se pidieron — es uno de los números más relevantes del sector. Ningún reporte de market sizing lo captura, porque nadie puede facturarlo.

Lo que el reporte cuenta, y lo que deja fuera

Un ejercicio de market sizing arranca del lado de la oferta. Encuesta a fabricantes y distribuidores, agrega ventas de reactivos y equipos, y extrapola. El resultado es una estimación defendible de ingresos. Pero los ingresos son una fotografía de lo que fluyó por el sistema. No dicen nada de lo que el sistema pudo haber hecho, y decidió no hacer.

Piensa en un laboratorio privado con una plataforma de inmunoensayo totalmente automatizada. El menú incluye marcadores tumorales, hormonas reproductivas, biomarcadores cardiacos, paneles tiroideos. El equipo es capaz. Los reactivos están en stock. Los técnicos están entrenados. Ahora piensa en lo que de verdad se pide.

Un oncólogo sigue a una paciente con cáncer de mama metastásico. La guía indica monitoreo serial de CA 15-3 para evaluar respuesta al tratamiento. El médico lo pide — a veces. Cuando el seguro replica, cuando el costo del panel compite con el de la consulta, cuando el equipo comercial del laboratorio nunca ha explicado por qué el monitoreo serial importa, la prueba se resbala. La plataforma estaba lista. La prueba estaba en el menú. La guía era clara. La prueba no se hizo.

Multiplica eso por cada analito, cada especialidad, cada laboratorio del país. El agregado no es un error de redondeo. Es un rasgo estructural del mercado — y es invisible para cualquier reporte que arranque de la factura.

Tres mecanismos que crean la brecha

El primero es económico. NAAT — el método molecular para clamidia y gonorrea — es más sensible que los métodos basados en cultivo (CDC, 2021). Pero cuesta más, y en un laboratorio cuya estructura de precios está construida para volumen en química de rutina, la prueba molecular queda en el menú a un precio que desincentiva su adopción. El médico sabe que NAAT es el mejor diagnóstico. El paciente se beneficiaría. La prueba no se pide, porque la señal de precio está desalineada con el valor clínico. El reporte de mercado cuenta el método más barato que se facturó y pierde el que debió haberse usado.

El segundo es contractual. El comodato — el equipo colocado a cambio de un compromiso de reactivos — determina qué pruebas son económicamente viables en una plataforma dada. Si el analizador principal de un laboratorio está bajo un contrato que hace que un marcador específico sea caro de correr relativo a su reembolso, ese marcador es económicamente inviable en esa plataforma por la duración del contrato. La plataforma tiene la capacidad. La prueba está registrada. El reactivo está disponible. Pero la economía de la base instalada lo suprime. Esto no es una brecha de tecnología. Es una brecha de estructura comercial, y no aparece en ningún cálculo de TAM.

El tercero es informativo. Un laboratorio puede ofrecer una prueba que sus médicos referidores no saben pedir. La vitamina D es un caso puntual: ampliamente disponible en plataformas automatizadas, clínicamente relevante en varias poblaciones, y sin embargo solicitada mucho menos de lo que sus datos de prevalencia justificarían. No porque los médicos duden de su utilidad, sino porque el laboratorio no ha invertido en la comunicación clínica que haría que pedirla fuera un hábito. La prueba está en el menú. Al médico nunca le han dicho por qué importa para su población de pacientes. La prueba no se hace.

El mercado no atendido del IVD mexicano no es una región en el mapa. Es el espacio entre lo que la plataforma puede hacer y lo que el sistema le pide de verdad.

Por qué esto importa para la estrategia

Un director de laboratorio que lee el reporte de mercado y ve crecimiento no tiene razón para cuestionar el número. Pero si el crecimiento viene de la misma química de rutina que todos ya corren, mientras los marcadores que diferenciarían al laboratorio clínicamente están sin usar, la estrategia está construida sobre una ficción cómoda. El laboratorio crece en ingresos y se encoge en relevancia clínica.

Los laboratorios que van a importar en cinco años no son los que persiguen share en el mercado facturado. Son los que miden su propia brecha — el delta entre la capacidad instalada y la utilización real — y la cierran. Eso requiere un tablero distinto. No ingresos por reactivo al mes, sino utilización de pruebas por indicación clínica. No volumen por analizador, sino el porcentaje de pacientes elegibles que recibieron la prueba que la guía recomendaba.

Esto es más difícil de medir. Requiere que el laboratorio piense como una institución clínica, no como un negocio de servicios. Significa entender qué médicos piden qué pruebas, para qué pacientes, y por qué — y luego construir la infraestructura de comunicación y educación que cierre la brecha entre capacidad y práctica.

El paciente detrás del número

Hay una razón por la que esto importa más allá de la estrategia. Cada prueba que no se hizo fue una decisión clínica tomada con información incompleta. Una paciente de fertilidad a quien no se le pidió AMH porque el panel tenía precio de hormonas de rutina. Un paciente cardiológico a quien no se le corrió NT-proBNP para monitoreo de insuficiencia cardiaca porque el inmunoensayo requerido estaba bajo un comodato cuyo precio de reactivo hacía la prueba inviable en el punto de precio del laboratorio. Un abordaje de salud sexual donde NAAT estaba disponible pero se facturó un método menos sensible — más barato de correr, y menos informativo para detectar infección activa.

El reporte de mercado nunca va a capturar estos casos. Son el espacio negativo de la industria — las pruebas que existen en capacidad pero no en práctica. Y los pacientes que las necesitaban son la razón por la que la brecha no es una curiosidad analítica sino una falla clínica.

El market sizing no está equivocado. Está incompleto en la dirección que más importa. Te dice lo que el mercado hizo. No te dice lo que el mercado dejó de hacer. Y en un sector donde cada resultado toca una vida, la brecha no medida no es un descuido estratégico — es el costo silencioso de un sistema que cuenta sus ingresos pero no sus omisiones.

La curva que importa no es la que sube en la gráfica de crecimiento. Es la que se hunde entre lo que fue posible y lo que se hizo. Leer esa brecha con honestidad es donde empieza el siguiente capítulo de este mercado.

E
Ernesto Rodríguez Soto — consultor en diagnóstico, dieciséis años en el negocio del IVD entre marcas asiáticas y occidentales, escribiendo desde México.

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